Alfredo Álvarez Plágaro: un dadaísta apasionado

Campos de color palpitan rítmicamente en los Cuadros iguales de Alfredo Álvarez Plágaro, cruzándose o delimitándose unos a otros en horizontal, en vertical o en diagonal con una interrelación compleja que evoca tensión o armonía. El vocabulario pictórico y la estructura de la pintura de los Cuadros iguales, con su complejidad de colorido, su materialidad y las relaciones entre las diferentes zonas de color, aportan abundantes estímulos sensoriales y despiertan en el ojo del espectador el deseo de explorar y descubrir la pintura.

Y justo después los cuadros empiezan a repetirse, intensificando así su magnetismo. Siendo idénticos tanto a nivel del motivo como de la composición, estas obras rebosan autoconfianza en las repeticiones, ya sean dos o cincuenta.

Esta repetición permite multiplicar la idea pictórica específica, dándole el énfasis añadido que una sola obra nunca podría liberar. La mirada del espectador pasea de cuadro a cuadro, comparándolos cuidadosamente y percibiendo mejor así tanto las variaciones en la aplicación de la pintura como las pequeñas diferencias entre los diferentes elementos de las obras. Las sutiles discrepancias no están planificadas sistemáticamente, sino que más bien son el resultado del proceso pictórico: Plágaro siempre trabaja en paralelo, dejando que los cuadros se gesten como si fueran “gemelos a lo largo de un embarazo” [1]. Cada trabajo es por ello al tiempo un original y una copia. Y aquí es donde comienza un extraordinario juego paradójico que contesta los criterios de evaluación convencionales.

A primera vista, la creación de los elementos individuales de los Cuadros iguales parece seguir las reglas de composición clásicas. Pero luego aparece el hecho de que las pinturas no reclaman ninguna orientación definida en términos de dónde se encuentra la parte de arriba o la de abajo. Se pueden girar como se quiera y luego leerlas desde cualquier punto de vista. Y al igual que pasa con la orientación de los cuadros, la posición de los mismos dentro de una serie tampoco está especificada. Se pueden colocar utilizando cualquier variante que los mantenga en serie, ya sean uno al lado del otro, encima, formando un bloque o en fila y aun así seguir beneficiándose del visto bueno del autor. Algo que nunca deja de sorprender y que se puede sentir en cada nueva obra es la manera en la que Plágaro consigue, gracias a composiciones no jerarquizadas y planos equilibrados, crear una multitud de posibles enfoques plausibles y lo que es más, extender esta cualidad a las diferentes opciones de presentación de cada serie respectiva.

Los Cuadros iguales también se pueden separar y exponer en diferentes lugares según constelaciones divergentes. Dentro de esta enorme libertad de instalación, las únicas reglas preestablecidas son que se debe guardar la misma orientación y la misma separación entre las pinturas de una misma serie y que, si se rompe esa serie, al menos es necesario que queden dos piezas juntas.

En esta línea de trabajo se anula por lo tanto el concepto del posicionamiento único del cuadro y del espectador, inherente de las composiciones pictóricas clásicas, negándole así a este último una orientación clara y la seguridad de su visión habitual. El juego paradójico entre trabajos individuales y repetidos, los puntos de vista múltiples y la versatilidad de las opciones de instalación deja atrás las reglas y las definiciones convencionales de una obra de arte clásica.

¿Pero qué nos dice este concepto, que eleva la repetición múltiple a la categoría de principio y que se presenta bajo una forma tan poco convencional, sobre el trabajo creativo y la identidad del artista?

Para nuestro entendimiento resulta vital el siguiente postulado, básico en su obra, formulado por Plágaro: “Lo más importante no es lo que es, sino que lo que es, lo es varias veces” [2]. Plágaro lleva trabajando con una consistencia apasionada implementando este postulado desde finales de los ochenta, haciendo que la repetición en sí misma sea el tema principal de su legado artístico. Y siendo la pintura un medio que contradice la reproducibilidad per se, esta empresa resulta paradójica repetición tras repetición, puesto que dos cuadros pintados simultáneamente nunca pueden ser idénticos aunque compartan el mismo diseño, debido precisamente a la forma en la que se crean. Sin embargo, al insistir en llamarles Cuadros iguales y postulando por lo tanto la igualdad entre ellos en el título, el autor multiplica la contradicción de manera exponencial y la convierte en un comentario irónico bajo una forma pictórica.

El concepto de la originalidad, que tan esencial nos resulta para entender la pintura, al igual que la diferencia entre una copia y un original, se ve anulado en el trabajo de Plágaro, ya que sus imágenes provocan y atacan directamente los principios de la obra de arte clásica y ponen en tela de juicio su exclusividad.

A lo largo de varios periodos, artistas individuales e incluso movimientos enteros se han entregado a la investigación de lo que define el arte, intentando romper estructuras de valores dogmáticos. Alfredo Álvarez Plágaro reclama influencias del espíritu dadaísta, movimiento artístico anarquista de principios del siglo XX, que proponía una respuesta más radical que cualquier otra formulada hasta entonces[3]. Habiendo sufrido la Primera Guerra Mundial, los artistas fundaron Dada como un movimiento artístico internacional que rechazaba el sistema de valores burgués sobre el arte y la sociedad en un intento de provocar, chocar y polarizar. Su ataque se dirigía directamente contra los dictados de la estética tradicional, que en algunos casos había llegado a convertirse en dogma, y también contra el culto al genio del artista promulgado a finales del siglo XIX; ideas que el Expresionismo fue incapaz de echar abajo. El objetivo era liberar y ensanchar el concepto de qué es arte. A lo largo de sus provocaciones, ya fueran bajo las formas de lecturas, performances de cabaret, collages o fotografías, los dadaístas se entregaron a lo que es irracional y aleatorio, espontáneo y absurdo. Y en el camino, usaron los medios de comunicación modernos de la época, como panfletos y revistas, para extender sus ideas y su programa artístico. La ironía, el humor, la provocación, la destrucción y lo aleatorio constituían su medio esencial de representación [4].

Plágaro plantea su trabajo explícitamente bajo la tradición de Dada [5]. Mientras que a primera vista, su ataque a las convenciones de hoy en día resulta sutil, sus implicaciones son extremadamente radicales. En el centro del arte de Plágaro, el punto en el que se concentra su ataque, está el concepto clásico de cuadro. El artista mantiene su forma tradicional al usar madera y lienzo como soporte y al aplicar pintura al óleo y pintura acrílica con brochas y otros instrumentos: Plágaro desarrolla un lenguaje pictórico intuitivo que le viene dictado por la interacción de los colores y las superficies completamente libre de la necesidad de ser una abstracción de la realidad fuera del cuadro. Con estos prerrequisitos cumplidos, podríamos esperar que los Cuadros iguales cumplieran con las expectativas tradicionales sobre el aspecto que debe tener un cuadro. Pero en realidad las obras confunden virtualmente al espectador para cambiar y convertirse en algo completamente diferente a lo que se esperaba. Plágaro, al aplicar el concepto de estos medios pictóricos, ataca las definiciones tradicionales del arte en materia de fondo y de forma, llevándolas hasta el límite de los posible; pero lejos de pretender destruirlas su pretensión es crear una obra que pruebe su validez como arte incluso escapando a esas convenciones.

En vez de proponer una composición pictórica clásica y un punto de vista único para el espectador, los Cuadros iguales posibilitan varios enfoques y formas. En vez de aspirar a la originalidad en materia de fondo y forma, proclaman su uniformidad. En vez de exaltar el papel del artista, brindan a la persona que instala la obra el derecho a convertirse en parte esencial del concepto de la obra. Y aun rompiendo todas estas fronteras, los Cuadros iguales siguen siendo obras de arte por derecho propio.

Cuando Plágaro resume su planteamiento en la siguiente frase: “Mis cuadros se contienen a sí mismos; no necesitan ni una explicación, ni una justificación, porque su objetivo original es simplemente repetirse” [6], la independencia y la ironía que expresa dejan patente su profundo anclaje al sentido del humor dadaísta. Ya que esa intención de “simplemente repetirse”, que a primera vista puede parecer tan sucinta, es la que en último caso tiene por objetivo romper las convenciones establecidas para emancipar no sólo a la obra, sino también al artista, a la persona que instala y por supuesto al espectador. Al reducir sus motivaciones y concentrarse únicamente en el respeto de su postulado, Plágaro establece un irónico juego en torno al concepto clásico de arte; un juego que no se acaba con el absurdo de su propia contradicción sino que continúa con una pasión renovada con cada nueva serie de Cuadros iguales. Y el autor procede así a repetirse a sí mismo, cuadro tras cuadro, guiado por un espíritu libre radical que, consciente de las posibles implicaciones de algo que podría parecer absurdo, le lleva a seguir creando Cuadros iguales.

Klaudija Kosanović

Traducido por Mikel López

1 Alfredo Álvarez Plágaro, declaraciones hechas en abril de 2008.

2 Alfredo Álvarez Plágaro, postulado básico de los Cuadros iguales creado en 1989.

3 Alfredo Álvarez Plágaro, declaraciones hechas en 2005 y 2008.

4 En este caso, la breve descripción del dadaísmo debe ser comprendida dentro de los límites del texto, sin considerar la diversidad del movimiento como tal ni sus diferentes corrientes.

5 Alfredo Álvarez Plágaro, declaraciones hechas en 2005 y 2008.

6 Alfredo Álvarez Plágaro, declaraciones hechas en abril de 2008.